El frío le dolía. Se quitó el yelmo porque temía que se le pegase a la cara. Su armadura también estaba helada. Él estaba dentro de una esfera donde no entraba ni las gotas de lluvia. A su alrededor la ventisca rugía con intensidad. Y con él estaba el mago, con una rodilla en tierra, y la vara mágica alzada con las dos manos. Sangraba de la nariz y gritaba. La vara se estaba cristalizando lentamente. La túnica del mago se estaba cubriendo de escarcha y cristales de hielo empezaban a surgir en sus mangas. Y de repente, todo terminó. El dragón había dejado de soplar su aliento gélido. La vara del mago estalló en mil esquirlas de cristal en las manos de su dueño.

Baradril tiritaba. Se levantó con cuidado. Emergió de un montón de nieve. Delante tenía el dragón. Miraba hacia otro lado. Y Baradril corrió, o eso le pareció. Llevaba su arco en la mano, no recordaba haberlo cogido. Subió a un montón de piedras desde el que tenía una buena línea de tiro. Sólo le quedaban dos flechas. Sin dudarlo, cogió una. Buscaba al jinete del dragón. Una silla de grandes pieles blancas estaba atada con correas exquisitamente decoradas entre las alas y el cuello del dragón. Y sobre la silla había una figura femenina. También la reconoció. Era Sharmil del Lago Rojo, Cazadora de bestias, hombres, elfos, orcos, ogros, hidras, grifos, gigantes, y por lo que Baradril podía ver, también de dragones. Pero Baradril vio algo más, algo que le desconcertó, y era que la cazadora estaba muerta. Un astil de un metro de largo le sobresalía del pecho. Estaba clavada al respaldo de su silla. No sabía si reír o llorar, pero tenía que hacer algo y rápido. Cogió la otra flecha, colocó las dos y tensó nuevamente el arco. Las flechas salieron volando hacia la gigantesca cabeza blanca. Se clavaron en el enorme ojo azul. Y el dragón se revolvió con dolor.
Sharmil había sido vista por primera vez en la llanura de Galamead. A lomos de su dragón blanco. El desconcierto creado en las tropas de los Altos elfos había sido grave. Tenían que retrasar el avance del ejercito druchi para poder ultimar los preparativos de la defensa de Lamadai. Y la presencia de un dragón aterrorizó a los defensores. Pero ser conscientes de su deber, del significado del triunfo o fracaso de su misión, les dio coraje a todos. Casi todos murieron. El ejército druchii debía estar compuesto en su mayoría por esclavos orcos y goblines dirigidos por los látigos de Sharmil y sus esclavistas, quienes azuzaban a los pieles verdes contra las líneas de lanceros y arqueros asur. Todo iba bien para los defensores hasta que un gigante apareció entre los árboles con una Señora de las Bestias en el hombro. Y a una señal suya, el dragón cayó del cielo contra la retaguardia de los escasos defensores. Solo unos cuantos Yelmos Plateados lograron regresar a Lamadai. Habían logrado ralentizar el avance de los oscuros, habían masacrado grandes grupos de salvajes monstruos de la piel verde. Pero a un precio muy alto. El plan era retrasarlos y huir. El dragón impidió esto último. Lamadai se salvó gracias a la muerte de aquellos héroes, y la ciudad prometió rendirles grandes homenajes cuando el último de los druchiis fuera eliminado de la tierra de Kalath. Ahora Sharmil estaba muerta de un disparo anónimo de un lanzavirotes de repetición. Los héroes de Galamead habían sido vengados en parte. Baradril suspiro, aún quedaba mucho por matar si los héroes querían descansar en paz.
Baradril buscaba más flechas, pero no había. Esa parte de la muralla estaba totalmente cubierta por la nieve y el hielo. Había estatuas de elfos y arpías luchando, como si de un parque invernal se tratara. El mago se miraba las manos ennegrecidas. Sus esplendidos ropajes eran apenas unos jirones quebradizos. Se le veían graves quemaduras por todo el cuerpo, provocadas por el frío extremo al que se había sometido. Y el pelo se le había vuelto blanco del todo, como si se tratara de una marca de lo que su cuerpo había sufrido. Baradril no podía hacer nada por él, tenía que encontrar flechas. Para disparar al dragón. Para matar al dragón. Como había hecho el Arquero de la Luna aquella noche. Pero las arpías volvían. Por todas partes. Golpeaban a sus compañeros congelados, quienes estallaban con los violentos golpes de sus garras. Gritaban, aullaban y se lanzaban contra el mago. Baradril dejo caer el arco y sacó otra vez su espada. Tenía que ayudar a los supervivientes, el frío les había paralizado y se movían con lentitud, no podían defenderse. Cortó un ala a uno de los monstruos voladores y el brazo a otro. Mientras avanzaba vio que su armadura estaba agrietada. Los complicados diseños de orfebrería de los que había estado tan orgullosa Jolanthar cuando se la regalo, estaban quebrándose como si fuera una vasija de cerámica. La exquisita malla élfica se rompía con cada movimiento que hacía. Pero eso ahora no importaba. Lo que importaba era que su espada siguiera cortando. El filo debía conservarse. Eso sí importaba.

Alcanzó al mago tirado de espaldas en el suelo forcejeando con una arpía, era el único que se movía. Baradríl dio una patada a la criatura mientras asestaba un puñetazo a otra, y le clavaba la espada a una tercera. Cogió de la muñeca al mago y lo levantó. En otro momento habría sentido repulsión, pero no en ese. El mago gritó de dolor. El brazo congelado del mago era quebradizo bajo las manos de Baradril. Y vio su rostro. Baradril no debía lamentar haber llegado tarde, pero lo hizo. La arpía había devorado los ojos del joven mago.
-Tranquilo, estoy aquí. Yo te protejo –le aseguro Baradril. Su voz salió con una tranquilidad que no esperaba, que no sentía. Pero no podía hacer otra cosa salvo seguir rechazando a las arpías. Giraba alrededor del mago cortando a izquierda unas veces y a la derecha las otras. Mientras, el mago no murmuraba palabras arcanas, sólo una plegaria de protección a los dioses. Y los dioses debieron oírle, porque las arpías, les dejaron solos.
-¿Sheeran? ¿Qué ha pasado Sheeran?-preguntaba el mago asustado por el repentino silencio. Sheeran, Guardián, Custodio, Protector y también, según el caso, Último. El mago le había reconocido pese a su ceguera. Él era Baradril, Sheeran de Ethilan. No era un título. Era como le llamaban sus compañeros y como lo conocían en el ejército. El apodo le venía de cuando la primera invasión del Arca Negra Tormenta de Tormentos llegó a la península Kalathi. Combatió en muchos enfrentamientos, y al parecer, siempre era el último en quedar en pie de su regimiento. Como ahora. No es que fuera su intención, pero si era voluntad de los dioses, él no pensaba discutírselo-. Sheeran, ¿sólo quedáis vos?
-No. Vos estáis conmigo –oía los lamentos y gemidos de sus compañeros, pero no sabía de quiénes ni dónde. Ninguno se podía poner en pié.
-Pero yo estoy más muerto que vivo. No sirvo –su voz era un doloroso murmullo-. ¿Qué sucede? ¿Qué está pasando?
Baradril miró a su alrededor. La lluvia lo cubría todo. Sus compañeros estaban muertos o gravemente heridos. Desperdigados por todo el muro. Había pedazos de ellos por todas partes. La escarcha que cubría el suelo estaba manchada de sangre. Sangre de elfos y sangre de arpías. Arpías muertas. Alguna estaba agonizando, y todavía lanzaba un gemido. Pero el resto se alejaban volando.
-Se han ido. Las arpías se han ido.
-¿Y el dragón?Baradril miró a la derecha. A la torre que llamaban Alderas. Donde el dragón estaba enroscado. Le faltaba el ala izquierda, quemada por algún poderoso hechizo. La pata delantera derecha le colgaba flácida, inerte. Del pecho le asomaban los astiles de varios virotes gigantescos. El ojo derecho estaba ciego. Y en su lomo, atado a una silla, estaba el cadáver de su dueña y señora.
-Casi muerto. Lo están matando.
-¿Qué más veis? Contadme – conocimiento, eso era todo lo que quería el mago. Había perdido la vista, las manos y posiblemente, en breve, la vida. Pero lo único que deseaba era conocimiento.
Baradril se irguió con los ojos cerrados, inspirando el aire que le rodeaba. Oliendo la ciudad, el humo, la batalla. Los ruidos a su alrededor le envolvieron. Explosiones, metal contra metal, gritos, muchos gritos. Y abrió los ojos.
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