Un ruido sonó a su izquierda. Su instinto le salvó. Estaba tan absorto por la presencia del demonio y el poder mostrado por Lamahal que se había olvidado de que la batalla seguía a su alrededor. Una llamarada cubrió las losas que estaban cerca de él. El salto que había dado puso a salvo tanto al mago como a sí mismo. Sabía que no debía pensar, puesto que entonces el miedo le atenazaría. Por encima de las almenas veía asomar varias cabezas de una hidra. Baradril y Olamysh estaban agazapados y la hidra recibía disparos de los lanzavirotes de la puerta. Una de las cabezas fue atravesada por uno de los proyectiles, y las otras se giraron hacia el lugar del que procedían. La hidra, bajó del muro al que se había encaramado con intención de dirigirse hacia la puerta.
-¡Ve! –le dijo el mago mientras se levantaba entre jadeos-. Tienes que seguir combatiendo.
-¿Y que hay de ti?
-Estaré bien –dijo tratando de esbozar una sonrisa-. Ya no siento el dolor.
Al ver el aspecto del mago, Baradril no pudo evitar mirar su propia armadura. Realmente no le servía de mucho. Parecía que le estorbaría más de lo que le protegería. Se paso la mano por donde los zarpazos de las arpías la habían agujereado. Y la coraza se cayó. La fina cota de mallas se deshizo, incapaz de resistir ni un momento más entera. Con unos flojos tirones se arrancaba como si fuera un trapo. El aliento helado del dragón la había destrozado. Miro al lugar donde estaba el dragón blanco, moribundo. Respiraba trabajosamente, inmóvil, tumbado con medio cuerpo en la muralla y el resto enroscado a la torre Alderas. Baradril sacó su espada y avanzó hacia el dragón. Se aproximo por el lado del ojo cegado. Los dioses le habían vuelto ha hacer un favor a Baradril.
-Ve –le decía el mago-. ¡Ve!
El dragón presintió la amenaza y giró la cabeza. Su ojo sano vio la figura de Baradril coger impulso y correr hacia él. Era un elfo con el torso desnudo y una espada en la mano. El dragón apenas tenía fuerzas para resistirse, pero una dentellada suya bastaría para matar a cualquiera. Hizo ademán de levantarse, pero no podía más que alzar la cabeza, con intención de exhalar su aliento gélido. Tenía muchas heridas, unas eran virotazos, y otras quemaduras. Baradril se metió debajo del monstruo y le clavó la espada en una de ellas, allí donde las escamas estaban quemadas, destrozadas, frágiles. La espada entró en el pecho del monstruo y se quedó atascada. Baradril cogió su daga con la otra mano y metió el brazo izquierdo en el cuerpo frío del dragón mientras que con la espada abría camino. El dragón rugía de dolor, pero no podía moverse. Sopló su aliento pero no hacia donde estaba él. Baradril notó el órgano que buscaba, cómo latía acompasadamente, y atravesó el corazón del monstruo con su daga. La gigantesca cabeza cayó golpeando el suelo con fuerza. La poca energía que le quedaba al gran dragón se la había terminado por arrebatar el pequeño soldado elfo. Baradril sacó su brazo y la espada. Dejó la daga clavada en el corazón del dragón.
Se alejó unos pasos del monstruo y un rayo iluminó la escena. Sonrió al pensar que sólo lo había rematado, no podría decir que ahora era Baradril Matadragones puesto que Jolanthar se reiría de él durante mucho tiempo. “Ya estaba casi muerto -imaginaba que diría-, tú solo le pinchaste”. Miro hacia el mago. Estaba en el suelo, casi inmóvil. Le estaba llamando con gestos. Baradril se le acercó corriendo. Y se arrodilló a su lado. El mago quería decirle algo. Acercó su oído a la boca del mago. De repente el mago le cogió la cabeza con ambas manos y dijo una palabra. La piel del mago brilló y una luz que cegó a Baradril envolvió a los dos. Baradril, asustado, quiso ponerse en pie, alejarse de allí. Pero no podía, el mago le tenía sujeto. Sus fuerzas le abandonaban poco a poso a consecuencia de lo que fuera que había hecho el mago. Y perdió el conocimiento.

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