martes 7 de julio de 2009

MURALLA DÉBIL (VII): by Kablinter

La batalla seguía a su alrededor. Podía oír sus sonidos. Notaba cómo lentamente recuperaba sus fuerzas. Estaba tumbado boca arriba. La lluvia le golpeaba la cara. Y por milésima vez en ese día, Baradril abrió los ojos.

La luz le cegaba. Tubo que cubrirse con la mano mientras se inclinaba. Miró al suelo. Algo era diferente. Todavía tenía el brazo izquierdo manchado con la sangre del dragón. Pero veía una especie de niebla brillante, de diferentes colores rodeándolo todo. Mientras se ponía de rodillas miró el cuerpo que tenía a su lado, era el mago. También la niebla le rodeaba, emitía la misma luz que Baradril.

Un ruido le hizo alzar la cabeza y mirar hacia… Se quedó paralizado. Todo era distinto, diferente. Todo el paisaje estaba cubierto por esa niebla brillante. “Son los vientos de la magia” pensó. Y la gente brillaba por doquier. Sin embargo había puntos que brillaban con más intensidad “los magos y hechiceros, y todas las bestias mágicas”. Algo había ocurrido, Baradril tenía visión de hechicero. Podía ver los vientos de magia a su alrededor, deslizándose por todo el campo de batalla o flotando a grandes alturas, como si de corrientes marinas se tratasen. “¿Qué me ha hecho ese mago?”


Buscó a Lamahal, y lo encontró rodeado por un aura gigantesca, “es poderoso”. El orgullo llenó el corazón de Baradril. “Esa es la fuerza de un archimago”. Podía ver cómo Lamahal recogía los vientos de magia en sus manos y cómo los enviaba lejos, por encima de la cabeza de Baradril, hacia las colinas. Baradril siguió el trayecto del hechizo lanzado por Lamahal y vio como cruzaba una pared formada por más vientos de magia. Era la barrera protectora que cubría la ciudad y ahora Baradril podía verla. Los muros de la ciudad estaban impregnados de esa misma barrera, que se alzaba formando una cúpula que cubría toda la urbe. Y vio algo más: el lugar a donde había lanzado Lamahal su hechizo, el campamento enemigo. Allí, sobre una pequeña colina, brillaba una luz que empequeñecía la de Lamahal. “¿Qué es eso?”. Quién emitiese semejante aura, tendría que ser enormemente poderoso. Desde ese aura se proyectaba una gran columna mágica, que giraba sobre sí misma como un tornado, hasta las nubes tormentosas del cielo. Allí, en esa colina, es donde se generaba la tormenta. También surgían rayos y bolas de fuego. Una barrera mágica, como la de la ciudad, pero en menor escala, protegía la colina. Baradril aguzó su nueva vista y pudo distinguir la figura de un hechicero poderoso, ataviado con ricas vestimentas y que sostenía un báculo lleno de runas ante sí. A su alrededor había nueve figuras. No eran todos elfos, pero sí eran todos hechiceros. Estaban encadenados mágicamente con el elfo del báculo. Baradril había reconocido al hechicero, no lo había visto nunca, pero sabía quién era, y había entendido lo que pasaba. Se trataba de Kablinter Ordrabon, la mano derecha de Jakarthe, y utilizaba la energía mágica de sus prisioneros hechiceros para hacerse más fuerte.

Kablinter era uno de los muchos hechiceros varones de Naggaroth, y como tal, era un fugitivo. El rey brujo, en su locura, había prohibido la práctica de la hechicería a los varones, y por ello, sólo las elfas podían aspirar a controlar los vientos de magia. Se cuenta que había estado encerrado, veinte, cuarenta o sesenta años, en una pequeña celda en algún remoto lugar. Hasta que Jakarthe lo liberó. Se dice que Jakarthe encontró el rastro de una prisión donde había encerrado un poderoso hechicero, y que tras rescatarlo, obtuvo su lealtad incondicional. Pero también se cree que prisionero y sin poder hacer nada más, Kablinter logró separar su cuerpo astral del físico y vagar por el mundo, durante años fortaleció su espíritu y buscó, buscó el conocimiento que no podía adquirir en su prisión. Que tras muchos intentos, finalmente encontró a un noble que aceptó emprender la tarea de rescatarlo. Y que quién gobierna y dirige es Kablinter. Sin embargo, el arca negra de Jakarthe acoge hechiceros druchii varones desde mucho antes de que Kablinter entrara en escena, y Baradril había visto al Señor Oscuro en combate para saber que no es alguien a quien se pueda manejar como un títere. Pero entender la magnitud de la fuerza desplegada por el hechicero en aquella colina, en esos momentos, hacía que el corazón de Baradril se afligiera de temor, temor por su pueblo y su gente.

No comprendía cómo podía ver eso ahora, y no esa mañana. Había sido cosa de Olamysh, pero no le gustaba. Era más feliz cuando no veía la magia, cuando no entendía contra qué se estaba enfrentando. Veía la gigantesca magia que emitía la ciudad, veía la terrible cantidad de magia que se acumulaba en la colina, y veía el aura de todos los hechiceros y magos que había en liza. Podía ver cómo brillaba el aura de dos de ellos por su derecha. Casi sobre la muralla. Se giro hacia ese lugar. Había garfios enganchados entre las almenas del muro y, sobre una de ellas, una figura oscura. Al instante apareció otra, y otra. Eran los druchiis, habían logrado trepar el muro. Y entre ellos, una elfa envuelta en el brillo de la magia saltaba con agilidad las almenas, sin que nadie se lo impidiese, y a su lado, otra hechicera mucho más poderosa que la anterior. Los druchiis habían llegado arriba, y sólo estaba él para detenerlos. Miró hacia la puerta, Lamahal estaba ocupado dirigiendo la defensa contra el gigante. El monstruo había alcanzado la base de la torre y la golpeaba con una gran piedra. Lanzaba carcajadas con cada golpe y rugía a las alturas cada vez que los asures le hacían algún tipo de daño. Baradril suspiró y miró al grupo que estaba avanzando lentamente. Los guerreros sombra, atentos a cualquier detalle, se movían con sigilo, sólo tenían un enemigo en frente.

-Por Khaine- oyó murmurar. Las hechiceras le miraban a él, sin hacer nada.

-Es Kaela Mensha Khaine- decían los murmullos, el dios de la mano ensangrentada, aquel a quien con más fervor adoraban los druchiis.

Baradril ladeó la cabeza ligeramente ante el gesto de estupor que advertía en sus enemigos. Se tomó un momento para mirarse a sí mismo, para ver qué era lo que veían los elfos oscuros. Y sonrió. Estaba casi desnudo y tenía el brazo izquierdo manchado del rojo de la sangre del dragón, la lluvia no lo había limpiado. Alzó la mano ensangrentada lentamente. Vio como algunos de los sombras levantaban sus ballestas de repetición y le apuntaban. Entonces el combate comenzó.

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